Porque si algo quiere el Señor de nosotros es nuestra
felicidad. Somos sus hijos y Él nos ama, infinitamente más de lo que nosotros
jamás llegaremos a amar a nuestros propios hijos (quienes los tengan), o a
nuestra gente más querida. Nos ama. Y nos conoce mejor que nosotros mismos. Y
aún así, o por eso mismo, nos ama. Y nada nuestro le es ajeno. Mira nuestros
defectos con infinita ternura y siempre nos perdona, incluso antes de que
acudamos a Él con el corazón contrito. Estoy seguro de que se ríe de nuestros
tropiezos y su Mirada no puede ser otra que la de un Padre amoroso cuidando de
sus hijos pequeños. (Desde luego, conmigo tiene como para morirse de la risa,
porque si algo domino son las caídas y resbalones. Ay, menos mal que me
quiere)Si nuestro corazón se llena de angustia y ansiedad por
no llegar, por no hacer lo suficiente, por fallar una y otra vez, será mejor que
nos pongamos alertas. “No viene de Mí ninguna angustia”, nos dice. Y tantas
veces nos resistamos a escucharle. Cuando me acerco al Señor y le cuento mis
cuitas y le digo que soy un desastre, que me cuesta hacer oración, que a menudo
soy egoísta y no pienso en los demás, que me dejo arrastrar por las pasiones,
que me siento una nulidad, Él, sonriéndome, me dice: “¡Vaya! ¿Acaso intentas
decirme que eres un hombre?”.







































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